Mictlán: Un viaje por la muerte

En las culturas prehispánicas se tenía una creencia muy diferente de a dónde el alma,  la idea del cielo y el infierno que los españoles trajeron al nuevo mundo no existía. Conoce el Mictlán y los cielos olvidados del pasado. Una crónica de @SoyJVModel

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Es una noche despejada del 30 de Octubre de 2018, son 7:30pm y estoy afuera del Panteón San Nicolás ubicado en la ciudad de León, Guanajuato. México. Recuerdan a nuestro amigo Rafael Andrade y Xolotl, Música Prehispánica. Realizará un antiguo ritual musical con danza y narrativa. Son las 8pm y un pequeño grupo de no más de 20 personas esperamos en la puerta metálica del panteón, los vecinos nos observan de manera sospechosa, saben que no es normal que un grupo de personas, la mayoría de negro y con velas esperen pacientemente por algo. Las puertas se abren y se nos permite el acceso.

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Un bonito mural en la parte interna del Panteón San Nicolás

Lo primero que vemos al entrar es un mural de una catrina, con dos craneos en la parte inferior con los nombres de los artistas. Es una pena que la leyenda “Memento mori” en latín no sea usada. Nos reunimos junto a las criptas, algunos con nerviosismo y nuestro anfitrión aparecen entre la noche

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Nuestro anfitrión nos explica la importancia de la experiencia que vamos a vivir

Se nos comunican instrucciones de permanecer juntos y que vamos a realizar un viaje, tal como el que hacían las almas de las antiguas culturas prehispánicas, sobre todo que es un ritual y como estamos en suelo sagrado debemos un respeto especial al espíritu de quienes descansan ahí. Por lo que prenden un copan y nos dan acceso, no sin antes realizar un pequeño proceso de purificación y protección. Se enciende la luz, que nos guiará en esta noche de oscuridad, la cual deberá pasarse de vela en vela a todos los asistentes y por último usando pintura ceremonial se marca nuestro rostro para quienes no vemos puedan saber que estamos con respeto caminando por su lugar de descanso eterno.

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El humo del copal nos purifica y nos da protección antes de comenzar nuestro viaje
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Así inicia, la luz que nos habrá de guiar
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La luz se comparte a los asistentes como un árbol que da frutos
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Una marca es colocada para diferenciarnos de los muertos

Posteriormente comenzamos nuestra travesía, mediante música con cuernos, caparazones y tambores abrimos el umbral de la muerte por el que hemos de entrar a un mundo espiritual. El sonido retumba mientras guardamos el más profundo silencio en manera de respeto, el copal sigue humeante y nuestra alma es proyectada a aquellos sonidos de las antiguas guerras. ¿Un recuerdo de una vida pasada olvidada? Posiblemente.

Hasta que con un grito nuestro guía y narrador nos da la bienvenida. ¿Qué es la muerte? nos pregunta.

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El Mictlán, nos explica, es el lugar de los muertos. La muerte para las antiguas culturas estaba dividida en 9 pisos del inframundo, y este era designado para aquellos que no eran guerreros, morían en parto, eran sacrificados o morían ahogados. No existía un cielo para los buenos ni justos ni un infierno para los malvados. Tus acciones en vida y la forma en la que morías definían el destino de tu alma. Por lo que nuestros ancestros eran valientes y justos pues para ellos era un honor morir en guerra, por un rayo o ahogados en el diluvio. Eran designio de los dioses, aquellos que crearon al hombre de barro, al de madera y por último crearnos de maíz. Y también eran caprichosos en tomar la vida de quienes deseaban. Siendo los señores de la muerte, tal como la leyenda del Popol Vuh los describe.

Sea así que se nos presenta el Señor de la Muerte (Mictlantecutli) y la Señora de la Muerte (Mictecacihuatl), siendo ella quién nos invita a conocer los secretos que nos guarda el inframundo. Tomando el copal y con ello entramos al panteón. Advertidos de sólo pisar detrás de ellos y siempre estar cerca de la luz. Mientras que los tambores vuelven a resonar como latidos del corazón.

En silencio vamos caminando entre los adoquines de ese viejo panteón de los años de 1800’s mucha gente sin lápida esta bajo nuestros pies, el tambor recorre nuestros cuerpos y la gente aferrada a su vela sigue el camino

Llegamos así hasta nuestra primera parada, pareciera un recorrido católico con estaciones donde se nos explica la representación de cada símbolo. Aquí es el agua, llegamos a Tlalocán, el cielo del Tláloc (Dios del Agua). Aquí es a donde llegan las almas las cuales su muerte es relacionada con el agua o su cuerpo se pierde en ella, para llegar a este lugar el alma debe recorrer un largo y peligroso viaje que se divide en el “lugar de la culebra” y en el “lugar del viento frío como navaja”. El narrador nos explica esto y se realiza un ritual con danza y música principalmente con flauta (canto de pájaros) que nos llevan a aquellos bosques donde los ríos son abundantes, para posteriormente terminar con el sonido de jarrón de barro lleno de agua siendo destruido como ofrenda para todas aquellas almas que fallecieron de esta forma. También aquellos que eran muertos por un rayo. Este era un capricho de los dioses que envidiaban algún don que estos humanos tenían que decidían quitarles la vida.

El tambor resonó en la oscuridad y seguimos su paso, una lápida con un ángel nos recordó el cielo, aquel utópico lugar por el que siempre hacemos sacrificios nunca existió como tal, si su trabajo era matar lo hacían pues su cielo estaba asegurado.

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Llegamos al Tonatiuhichan o Cielo del Sol, este lugar era destinado a todos aquellos que morían en guerra o a las madres que morían durante el trabajo de parto, pues eran consideradas guerreras. También aquí descansaban aquellos que morían en sacrificios. Se tiene la creencia que estas muertes eran elegidas por los dioses, pues su vida acompañaba al Sol desde su salida hasta su ocaso. Pero solo aquellos hombres (no mujeres) que eran capaces de acompañar al sol durante 4 años en su recorrido diario tenían el honor de regresar a la vida siendo aves de rico plumaje tales como los cenzontles. Una ofrenda y música, bailes, cascabeles. Sonidos de guerra con furia eran interpretados, aquí no había tranquilidad como en el anterior, era todo movimiento.

Terminamos y pasamos mediante un estrecho pasillo y las criptas nos miraban desde varios metros de altura, aquellas almas sentadas disfrutando del espectáculo que no podíamos verlas se podían sentir sus miradas.

Llegamos por fin a nuestro destino, el Mictlán. El lugar de la muerte “común”, que es decir que no fueron hechos por los dioses.

El narrador nos indica que este tipo de cielo era para aquellos con muerte natural y que era muy importante que contara cada hombre o mujer con un perro, pues al morir este era también incinerado junto con su dueño para que le acompañara y guiara en el camino del inframundo. Este tipo de perro se le conoce como xoloitzcuintle y encontraba a su amo en el Itzcuintlán, si el amo fue bondadoso y cuido del perro, este le cuidaría y ayudaría con su viaje; pero si en vida el amo le trato mal, el perro le abandonaría y nunca podría encontrar el camino por la eternidad. Entre las pruebas que se debía de cruzar existen la de pasar entre dos montes colisionando entre si, atravesar el camino de la culebra y pasar ocho páramos (lugares desolados y fríos), así como ocho collados (cerros), vencer a un viento potente que les impedía el paso, y este viaje duraba cuatro años. Los cuales debía de pasar junto a su perro o algunas pruebas solamente las podía superar montado en el perro. Cuando el alma finalmente llegaba al Mictlán se presentaba ante los señores de la muerte quienes decidían si debía descansar o renacer nuevamente. En este lugar no existían ni puertas ni ventanas. También existía ahí Tezcatlipoca el dios brujo o el dios de la noche, quién sería el contemporáneo de satanás.

Existe una leyenda antigua del renacer de los humanos que viene de Quetzalcoatl, “Los Antiguos Mexicanos”, libro de Miguel León Portilla, se cuenta la creación de la vida desde Mictlán:

“Y luego fue Quetzalocoatl al Mictlán, se acercó a Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl y en seguida les dijo: vengo en busca de los huesos preciosos que tú guardas, vengo a tomarlos y le dijo Mictlantecuhtli:


-“Que harás con ellos, Quetzalcoatl?

y una vez más dijo (Quetzalcoatl)

-Los dioses se preocupan porque alguien viva en la tierra.

Y respondió Mictlantecuhtli:

-Está bien, haz sonar mi caracol y da vuelta cuatro veces alrededor de mi círculo precioso”.

Pero cuando Quetzalcoatl recogió los huesos y se alejó, tropezó cayendo al suelo, donde se esparcieron los huesos. Cuando finalmente logró salir, los bañó con su sangre, a la vez que los dioses hicieron penitencia, logrando así el nacimiento de los humanos. A lo largo de la concepción azteca se repite el concepto dual de la creación y existencia, pues de los huesos de los muertos, nació la vida, pero a su muerte es allí, al círculo precioso, a donde deben regresar. Al librar todas las batallas, los señores de la muerte liberaban a los muertos de su “tonalli”, el alma, logrando así el descanso anhelado; recibían una grata compensación. Al caer la tarde, Tonatiuh bajaba a iluminar el Mictlán y todo era paz y calma.

Las antiguas culturas honraban a sus muertos con bailes y ofrendas de joyería (no con alimentos) y muchas flores. Ellos sabían que los muertos no regresarían pero existe una fiesta para los niños muertos en su noveno mes del calendario dónde se celebraba la muerte así como la vida. Esa celebración es hoy y se comparte con otros calendarios, mayas, católicos y más. Esta noche si lo estás leyendo es una noche llena de magia.

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Y con esta celebración nuestros amigos de Xólotl concluyen el viaje al Mictlán e invitan a unirse a los asistentes a esta celebración de la muerte, de la vida y de la eternidad del alma. Varios asistentes se incorporan y después de celebrar por estar vivos y por nuestros muertos termina el evento.

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Un par de personas se acercan para agradecer y compartir sus pensamientos y emociones, no sin antes pedirles la foto del recuerdo pues es posible que muchos de los asistentes no nos volvamos a ver en vida, son de esos recuerdos compartidos de un viaje o una experiencia en común en la cual nuestros caminos se cruzan para nunca volver a unirse. Por ello documento cada recuerdo además de compartirlo por si en algún futuro alguno de esos asistentes se encuentra con el mismo, pueda apreciarlo y volver a vivir esa experiencia que todos tuvimos y compartir con sus familiares y amigos.

Al final no queda más que despedirnos, hacer una pequeña entrevista y guardar el equipo. Casi al salir una tumba tenía una veladora encendida, nadie la encendió pero fue muy curioso. Nos despedimos y fuimos a reflexionar lo que habíamos vivido.

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Recuerda compartirme tus comentarios en mi correo electrónico que encuentras en la parte inferior de la página.

Si deseas conocer más sobre los instrumentos musicales prehispánicos da clic aquí

Un pensamiento final, la magia existe y mientras más conoce uno el mundo y sus secretos más se da cuenta de ello. Todos somos hijos de los dioses antiguos.

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